martes, 10 de enero de 2012

Opinión de Edgar Sánchez.

Niños que no llegarán a hacer adultos por fracaso del Estado mexicano
6 de enero del 2012Con voz propia
Edwin Sánchez Ausucua*
Niños, adolescencia y transgresión

La mayor parte de los niños y adolescentes que viven en México viven en condiciones de pobreza o bien de pobreza extrema, es decir en una situación de marginalidad a la que pertenece la mayor parte de la juventud mexicana. No es de sorprenderse que pasen a formar parte de una población para la cual la función educativa ocupa un lugar cada vez menos importante en sus vidas. De esta manera es que la calle y sus bandas, sus pandillas, se convierten desde la infancia en la zona de socialización urbana que más los seduce, los invita, los acoge, los protege,… y les impone sus reglas y su cultura.


El autor
Pero no se trata de un debate de cifras o porcentajes. Me interesa señalar que el pasaje socializante de la niñez a la pubertad o de la pubertad a la adolescencia tiene lugar, cada vez más en la calle, al menos en las ciudades de México. En gran número también las familias disgregadas o desintegradas, violentas, o en ruptura constante, empujan a sus menores de edad a salir y encontrar algo mejor en la calle que en sus propias familias.

También la institución familiar decae progresivamente en cumplir su función conductora, delimitante y diferenciadora, por la vía de la normatividad y la ley. Esto es bastante claro con respecto a la ausencia de padre o de padres inmersos en la ilegalidad, y la transgresión, el comercio ilícito. Son los espacios que van quedando para la sobrevivencia. Las nuevas generaciones paulatinamente vienen al mundo de la socialización y los intercambios primarios, sin haber pasado por la transmisión normativa, lo cual los convierte en seres más atrevidos, impetuosos, y refractarios a una conducción educativa.

En la calle, los grupos generan su propia cultura, sus reglas de convivencia, su manera de hablar y de vestir y su propia ley que termina siendo la ley de la calle, la ley del más potente, al bravo. Expuestos a la intensidad sin mediaciones normativas, las drogas, y la violencia, en sus vidas empieza a ganar terreno el modus vivendi de la delincuencia. En este sentido podemos decir que estamos asistiendo al fracaso civilizatorio de la función escolar. Es decir, el Estado cada vez más, deja de tener injerencia delimitante y formadora en la conducción de los potenciales ciudadanos que integran una nación.

Los empoderados funcionarios de la educación intentarán justificarse con cifras, porcentajes, y demás, diciendo que se trata de un fenómeno internacional que encontramos con similitudes en toda América Latina. El caso es que esta realidad evidencia las condiciones en que se presenta la creciente deserción escolar. De esta manera las bandas juveniles convencen fácilmente con sus nuevas reglas, sin proyecto ni pacto social, sin más porvenir que el consumo inmediato que rodea la vida transgresiva y su consecuente derroche de dinero inmediato, temerariamente obtenido.

La posibilidad de convertirse en adulto es para ellos demasiado lejana, incluso improbable, sus parámetros psicosociales no alcanzan a generar proyectos de vida. Sus planes no van más allá de un futuro inmediato. En este contexto de varias generaciones de transmisión normativa deficitaria se empiezan a conocer la realidad de miles de adolescentes transgresores que a los 15 años tienen ya una carrera de adicciones y actividades delincuenciales. La degradación de las condiciones normativas estructurales que hacen posible la reproducción de la vida, favorecen estos fenómenos preocupantes que indudablemente van en aumento. Es decir los números y porcentajes de medición poblacional que documenta el aumento de la delincuencia tiene su origen en la caída de la legalidad, la normatividad, la Ley y sus otrora figuras e imágenes representantes en las personas de los padres, y quienes solían representar autoridad, los maestros, los gobernantes, los médicos, los curas.

La imagen emblemática de quien representa el orden normativo ha dejado de ser verosímil, como tal, la persona del padre existe cada vez menos. Ha de observarse de manera urgente que nuestro proyecto civilizatorio está perdiendo la capacidad de incorporar a su población a una vida integrada a los intercambios necesarios que hacen posible la vida dentro de los parámetros de la normatividad, la reciprocidad, y el pacto social.

¿Qué función cumplen en todo esto los criterios empresariales de pagar lo mínimo posible para la sobrevivencia, de otorgar los menores derechos posibles a los trabajadores, las menores prestaciones y compromisos en el pacto social del trabajo y la prosperidad de una sociedad?

* Edwin Sánchez Ausucua es psicoanalista y criminólogo en México. Su blog personal es es edwinsanchezpsi.blogspot.com

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