Jorge Meléndez Preciado
Ya había dado la voz de alerta Mario Vargas Llosa en aquel famoso encuentro de la revista Vuelta (septiembre de 1990), diciendo: el PRI es “la dictadura perfecta”, lo que le costó salir de México con el silencio lamentable de Octavio Paz y de Televisa.
Recientemente, en España, el Premio Nobel de Literatura señaló que “la lucha que ha emprendido el gobierno de Felipe Calderón contra el narco ha fracasado, lo que podría favorecer el regreso del PRI al poder en 2012”.
Y añadió “¿Qué es lo que ocurrió? ¿Por qué ese fracaso de un país que todo parecía indicar que iba a ir más bien hacia adelante?”
Lo anterior ante el desconcierto de Enrique Krauze, director de Letras Libres, publicación que intenta seguir la ruta de la fundada por el Nobel mexicano, Octavio Paz.
Lo anterior muestra, nítidamente, que no obstante el supuesto camino amable que tiene el antiguo partidazo con el objeto de lograr su ansiada meta para el año próximo (la Silla Grande), las interrogantes y los cuestionamientos están por todos lados, ya que tanto nacional como internacionalmente el mal prestigio de la organización en la cual sobresale Enrique Peña Nieto, es muy amplio y no está exento de peligros.
Recientemente el excandidato a la Presidencia de la República, Francisco Labastida Ochoa (7 de octubre), dijo que él no asistiría a una reunión donde se iban a aprobar las reglas del juego para que hubiera una elección abierta, es decir, a toda la población para que por ese mecanismo se encontrara quién es el ganador para abanderar al tricolor.
El sinaloense sabe lo que dice. En la elección del año 2000 resultó triunfador con un método similar. Pero no obstante los millones que supuesta o aparentemente sufragaron a su favor, quien resultó ganador en última instancia fue Vicente Fox, el lenguaraz personaje que no cumplió sus promesas de campaña y ahora se ha vuelto un aparente crítico de la realidad nacional, combinando lo anterior a los negocios en la fundación que maneja su esposa, Martha.
Seis años después de la mala experiencia de Pancho, hoy senador, Roberto Madrazo repitió el experimento de consulta a todos, el resultado fue que el tabasqueño quedó en tercer lugar, muy debajo de la verdadera contienda entre Andrés Manuel López Obrador, que habló de fraude en los comicios, y el declarado ganador por el TEPJ, Felipe Calderón.
Pero las críticas y las advertencias de su compañero de ruta no han menguado el entusiasmo priísta. Tanto así que en el Consejo Nacional hubo euforia porque los que todavía están en la contienda, el mencionado Peña Nieto y el senador Manlio Fabio Beltrones, fueron corteses en sus tratos y hasta se dieron un abrazo, mal considerado de Acatempan, ya que en aquella ocasión se trató de un pacto de gran calado para la república, mientras que ahora fue una cortesía entre adversarios que saben no pueden dividirse a riesgo de fracasar el próximo año.
Luego, ambos, Manlio y Enrique, fueron a una pasarela (8 de octubre) donde no hubo la menor confrontación de ideas, sino una exposición de lo que cada uno quiso presentar. Todo con el fin de no hacer olas, contrastar proyectos o mostrar las debilidades de uno y otro. Y el resultado si bien no fue inocuo, pues el senador mostró su aprendizaje como político –a pesar de los negativos que se le conocen–, el exgobernador mexiquense se vio como ha sido su imagen de siempre: un sujeto que fuera de su papel ensayado se turba y equivoca.
El primero habló de una reforma hacendaria integral, enfrentar seriamente la corrupción y transitar de los gobiernos “eficientistas a los gobiernos transformadores de la realidad y de la sociedad”. Esto último fue de la mayor importancia.
Mientras a quien se le conoce más por su copete rígido que por sus ideas, puso el acento en los asuntos económicos, la necesidad de darle un mayor impulso a Pemex y duplicar la inversión en infraestructura.
En síntesis, un mero juego para salir adelante y posibilitar que Peña Nieto esté presente en esta temporada, ya que de no hacer ese tipo de encuentros y otras acciones, el muy conocido Enrique desaparecería de las pasarelas, ya que los precandidatos no pueden hacer campaña a menos que estén luchando por sus aspiraciones dentro de sus organizaciones.
Después, con objeto de ponerle el cascabel al gato, un grupo de 46 políticos y académicos firmaron un manifiesto denominado “Por una democracia constitucional” (10 de octubre), que fue mejor fraseado “Por un gobierno de coalición”.
En el mismo se propone que existan mayorías que lleguen a acuerdos para gobernar –algo que no ha sido posible en los últimos años– y se precisa: “Si ningún partido dispone de mayoría en la Presidencia (de la República) y en el Congreso, se requiere de una coalición de gobierno basada en un acuerdo programático explícito, responsable y controlable, cuya ejecución sea compartida por quienes lo suscriben”. Amén de que el jefe del gabinete sea revocable y los funcionarios de primer nivel ratificados por los legisladores, entre otras cuestiones.
Firmaron el acuerdo Manlio Fabio Beltrones, los gobernadores aliancistas Gabino Cué y Mario López Valdés, el excandidato presidencial Cuauhtémoc Cárdenas, el que fuera presidente del IFE José Woldenberg, Carlos Fuentes, Miguel Ángel Granados Chapa y militantes de organizaciones como: PRD, PT, PAN y PRI, más académicos.
Justamente eso no es lo que propone y quiere Peña Nieto, ya que su equipo se afana por la cláusula de gobernabilidad, una añeja fórmula donde quien tenga el 35 por ciento de representantes en el Congreso pueda lograr mayoría en la Cámara de Diputados para gobernar a placer y sin obstáculos.
Es decir, hay dos concepciones priístas, cuando menos, en pugna. Lo que hace más complicado el tránsito de quienes festejaban y siguen ahogados en la borrachera anticipada que ya ganó el marido de La Gaviota. Lo que muestra algo muy conocido en las elecciones, “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”, hay Dios, como dice la canción.
Si a ello agregamos que Humberto Moreira no durará mucho tiempo en su encomienda, el que fuera partido invencible tiene un camino largo y difícil por recorrer.
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